Nos hacemos eco de una recopilación de las llamadas fiestas de invierno realizada por nuestro buen amigo Iñaki Jiménez Fdz. de Retana, hijo y continuador de la labor de Joaquín Jiménez Martínez (1921-2019), etnólogo, folklorista e investigador, labor que realizó hablando con la gente y recopilando costumbres actuales y perdidas. Joaquín perteneció a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (RSBAP). En la actualidad, Iñaki también pertenece a la RSBAP.
Las Candelas
El día de las Candelas, 2 de febrero, se realiza el rito de ir a bendecir cirios y procesionar con ellos. Pero, ¿por qué esa creencia de tener cirios encendidos? El origen está en tratar de imitar a los paganos romanos quienes, cada cinco años, iluminaban las calles con antorchas y teas, en honor a la madre del dios Marte, pidiendo la victoria en las guerras. Y lo hacían en honor al dios Februus, que era el dios romano de febrero, nombrado para la purificación. A este período le llamaban lustro, que significa limpio, puro aludiendo a ese período de limpieza y purificación a través del fuego.
También en febrero, los paganos romanos solían ofrecer sacrificios a sus dioses y pasaban las noches con teas encendidas. Otra costumbre entre las mujeres romanas era lo que ellas denominaban la fiesta de las luces, recordando cuando Plutón se enamoró de Proserpina, la raptó y la convirtió en diosa. Fue entonces cuando los padres de la mujer raptada la estuvieron buscando por bosques y aldeas durante toda la noche con antorchas encendidas. Esa jornada se conocía entre los romanos como la búsqueda de Proserpina. El Papa, al no poder quitar esa costumbre que se celebraba anualmente, le cambió la intención y el nombre, pasando a llamarse de una manera cristiana con el nombre de ir a buscar y acompañar a María, con cirios encendidos que es lo que se celebra actualmente entre los cristianos.
La vela tiene un doble sentido religioso y costumbrista. La parte cristiana hace referencia a que una vela encendida es símbolo de luz y guía, iluminando el camino. Existe una similitud entre la vela y Cristo ya que en la vela hay cera, mecha y llama que se va desgastando en servicio de los demás, ofreciendo luz, al igual que Cristo se presentó para el servicio de los cristianos y se apagó hasta morir. Hay una canción del siglo X que dice: “en honor de la piadosa María, llevo esta candela en la mano mía. Representa esta vela la carne virginal verdadera de Cristo y la llama que ilumina significa su persona divina y la mecha en el cirio escondida el alma que a su cuerpo da vida”. La parte costumbrista hace referencia a que lo semejante produce lo semejante. Por eso hay que encender una vela pensando en alguien. Al retorcerse la vela, simbolizando el llorar, también el otro lo sentirá. Y cuando emana luz, también el otro sentirá ese efecto. Los romanos, en Navidad, se regalaban estatuillas de cera. También en el uso de las velas hay dos sentidos: cristiano y pagano. El cristiano, simbolizando la luz para ser la guía que ilumine a los enfermos, parturientas o moribundos. El pagano, para ahuyentar las tormentas. Por eso, en el año 1511, hay documentos que nos hablan que en Vitoria se ofrecían lo que se conocía como “velas milagrosas”, consideradas como que tenían más fuerza que las otras.
San Blas
Si el dos de febrero es el día que se llevan velas a bendecir, el día de San Blas, 3 de febrero, es el día designado para llevar a bendecir los
alimentos. También es el día de los hiladillos y de los mechones de lana, en forma de gargantillas, para combatir el dolor de garganta una vez bendecidos. Y es el día de los cachetes y roscas como en Páganos, donde se eligió a San Blas como patrón en 1571 y desde entonces se celebra esta fiesta con romerías en su honor. O en Laguardia, donde también se eligió a San Blas como segundo patrón (además de San Juan) y donde celebran esta fiesta junto a sus vecinos de Páganos.
Ya allí bajarán los vecinos de Laguardia a besar la reliquia del santo y a
bailar el chulalai. Es el día en el que no faltarán las sopas con chorizo, los hojaldres y el llamado vino rojo ni faltarán las bendiciones de las tortas y los cachetes. San Blas está considerado como el protector de los dolores de garganta y sus gargantillas hay que llevarlas durante un par de días.
También celebrarán con emoción este día de San Blas en la localidad de Llodio, con su tradicional «Feria de San Blas». Se trata de una fiesta que acerca a la población las costumbres típicas del caserío vasco y, como tal, cumplirá con su tradicional guión, que tendrá su pistoletazo de salida con la presentación del cerdo protagonista de la jornada, en el mercado de la Herriko plaza. Se le puede visitar para calcular su peso exacto y participar en la puja el día en que el cerdo será sacrificado a primera hora y trasladado en torno al mediodía hasta el recinto ferial. El protagonista de esta fiesta se ha criado en caserío a base de una alimentación natural consistente en harina de cebada y de maíz, forraje, remolacha y calabaza. Y también lo celebrarán en varias localidades alavesas, como Alegría-Dulantzi o Legutio.
Santa Águeda
Aunque es casi más famosa la víspera de este día, por las rondas de mozos, Santa Águeda se celebra el día 5 de febrero. Pero la víspera, se considera como la noche con carácter mágico y misterioso, al igual que otras muchas vísperas de fiestas conocidas en las que también son los protagonistas el fuego y el agua. Así, por ejemplo, la noche de San Juan se asocia al fuego, al agua y a la luz. La noche de la Purísima, se asocia al fuego y a la luz, con las teas, antorchas, marchas y marchos que se encienden en muchas zonas de Álava la víspera del 8 de diciembre. La nochebuena se asocia al fuego con el tronco de navidad. La nochevieja se asocia al fuego con la hoguera del errepuierre. Pero la noche de Santa Águeda, se asocia al fuego y al ruido.
El día de Santa Águeda es una fiesta pro conjuros. El nombre de Águeda
puede ser una derivación de agatha (agios=santo, thos=dios). En el país vasco, los mozos dedicaban esta fiesta a las mozas. Hay varios criterios que utiliza la iglesia para designar a los santos o santas como patronos o patronas. En algunos casos, porque curan, como San Blas o Santa Apolonia, en otros casos, porque protegen, como San Antón, San Isidro o San Roque, y en otros casos, porque padecen martirio, como Santa Bárbara, Santa Catalina, Santa Lucía o Santa Águeda.
La fiesta de Santa Águeda tiene una triple dedicación. Hay una parte religiosa o litúrgica, otra social con las famosas rondas y una tercera, conjurante. Existen unos ritos, sin duda precristianos, tradicionales en la noche de Santa Águeda. Con el mismo embrujo que en las noches de otras varias fiestas, como Navidad, Pascua, La Purísima o San Juan, se hacen toques de campanas, hogueras y ruido de makilas (en varias localidades, aparecen partidas de gastos del concejo y de la iglesia para la celebración de esta fiesta). Y hay varias razones conjurantes, como el ruido, con campanas o cencerros, con el golpeo de palos y con gritos. El hecho de golpear el suelo con las makilas simboliza el hecho de despertar a la tierra y espantar al mal y a las brujas, como reza la leyenda de Cuartango. Se trata de despertar a la tierra, para animar a la naturaleza. La temática de las coplas es diversa y recuerda a la santa pero también trata otra temática más “humana” para intentar recaudar lo máximo posible. En cada lugar suele tener sus letras particulares y en algunos se acompañan con bertsolaris.
El origen de esta tradición es esencialmente rural, pero hoy se ha convertido también en urbano. Esa música y las makilas, es lo que ha llegado a la sociedad de hoy en día de Santa Águeda, pero la fiesta tenía y tiene otros aspectos interesantes. Por ejemplo, el carácter conjurante. Antiguamente, en la víspera de Santa Águeda, los labradores daban fuego a pellejos y botas viejas y los llevaban corriendo hasta los sembrados para protegerlos del fuego y de las plagas perniciosas. Los mozos, por su parte, tocaban las campanas durante toda la noche para espantar al espíritu del mal.
Hace tiempo, la víspera de Santa Águeda, 4 de febrero, salían grupos de mozos al atardecer, ataviados con indumentaria propia del país (kaiku, blusa, pantalón, faja, txapela, calcetines gruesos de lana y abarcas). Algunos llevaban unas cestas para recoger las donaciones y uno de ellos portaba un farol, en recuerdo de cuando esa era la única iluminación en la localidad. Iban en silencio y, de vez en cuando, realizaban una parada y se ponían en círculo a cantar los versos de la canción, acompañados por unas makilas que golpeaban en el suelo. Terminada la canción, los mozos que llevaban las cestas realizaban la cuestación por las casas, recogiendo generalmente huevos, chorizo, vino y dinero. Con todo lo recogido, se realizaba una merienda, a la que los mozos invitaban a las mozas.
Las fiestas de invierno: Carnaval
La Fiesta es algo tan ligado a la naturaleza humana que la hace patrimonio de la humanidad y universal en el tiempo y en el espacio, pues no es de aquí o de allá sino de cualquier lugar, ni de ayer o de hoy, sino de siempre, aunque el hombre le imprime en cada lugar su sello particular, su carácter propio y la realiza en cada momento de acuerdo con lo que le permite o exige su circunstancia económica, política, social o religiosa. Y esto no es malo para la fiesta, si se realiza en todo momento con fidelidad a las raíces culturales del hombre o grupo en cada lugar.
La fiesta es, por otra parte, algo necesario para el hombre y las colectividades. Siempre se ha sentido la necesidad de parar de vez en cuando el trabajo, de romper en determinadas ocasiones el ritmo habitual de las actividades cotidianas o de establecer otro orden en el comportamiento ordinario. Ese es el sentido primero de la celebración de fiestas como las del Carnaval.
Los diferentes pueblos han sentido también, en otras ocasiones, la necesidad de agradecer o recordar momentos gloriosos debidos a algún personaje real, o ficticio, de carácter religioso. Esa es una de las razones de la existencia de las llamadas fiestas patronales o de acción de gracias.
En otras ocasiones, han sentido la necesidad de seguir manteniendo la esperanza en la consecución de frutos en su trabajo y de propiciar el favor de un ser superior que conceda el bien y evite el mal. Es el origen de las fiestas culturales o conjurantes.
Esta actividad festiva no es sólo una necesidad del hombre individual sino de las colectividades humanas, que son la calle, la vecindad, el barrio, la aldea, la villa, la ciudad, la provincia o el país entero, que precisan la fiesta para manifestar colectivamente sus sentimientos, expresados en las conocidas como fiestas populares, siempre que estas sean del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, al margen de imposiciones externas, para que se cumpla la finalidad de que cada pueblo pueda expresar su peculiar manera de ser y manifestar su idiosincrasia.
La Guerra Civil paralizó muchas de estas tradiciones en numerosos pueblos alaveses. Hay documentos que nos hablan de muchos pueblos que celebraban sus carnavales y ahora los han perdido: Aramayona, Subijana Morillas, Pobes, Manzanos… En todos ellos había un personaje al que se echaba la culpa de todo lo malo que había ocurrido en el pueblo para finalmente quemarle en una hoguera o deshacerse de él de alguna otra manera. Y en el Carnaval rural todos los actos que se hacen tienen un simbolismo. Cuando los porreros perseguían a los niños para pegarles, como hacen hoy en día los cabezudos en muchas fiestas patronales, no era por el hecho de pegarles sino como signo de purificación. Si se hacía con las mujeres, había un ingrediente añadido aludiendo a la fertilización. También se consideraba un rito de purificación echar agua, ceniza o salvado, copia sin duda de los actos que realizaban los romanos en sus fiestas paganas cuando les echaban ceniza tras los baños purificadores en las termas. Y no podemos olvidar la tradición de hacer mucho ruido con cencerros, matracas o carracas o simplemente golpeando el suelo con unos palos a la vez que se lanzaban gritos como para despertar a la tierra de su letargo invernal y animarle a germinar. Atrás queda ya ese solsticio de invierno que ha marcado el cambio de los oscuro a lo luminoso, como hacían los romanos en honor al dios de las caras representado en Jano, dios que da nombre al mes de Enero por esa misma circunstancia de tránsito de días cortos a días más largos.
Jueves de Lardero
Son tantos los pueblos de Álava en los que se celebra, que sería imposible hablar de todos. Incluso en la capital, cada vez son más los grupos que podemos ver por las calles. El Jueves de Lardero es el jueves anterior al miércoles de ceniza. En los núcleos rurales, esta tradición estaba mucho más arraigada que en la ciudad. Incluso, hoy en día, ha perdido el verdadero sentido que esta fiesta tenía. Por razones prácticas, en la ciudad se ha trasladado su celebración al fin de semana más próximo y tan sólo en algunos pueblos alaveses se mantienen algunos de los ritos que se hacían hasta hace unos años. Es una fiesta que tiene cierta similitud con la Ronda de Santa Águeda pero cuyos protagonistas son los niños. Se podría decir que el Jueves de Lardero, que toma nombres como el Día del Obispillo o el Día del Gallo según la zona donde se celebre, es el Carnaval infantil. Se trata, igualmente, de ir por las casas, en grupo, cantando unas coplas que varían de un lugar a otro, mientras recogen las viandas que los vecinos les entregan tras los cantos. En definitiva, se trata de una tradición, donde los protagonistas son los cantos y la cuestación. En algunas localidades, como las del Valle de Zuya y Cigoitia, la cuestación la realizaban la víspera. Se aprovisionaban con unas cestas para recoger en ellas los huevos, chorizos y morcillas, así como una bolsa para el dinero.
La zona de La Llanada es donde se celebra esta fiesta con más fuerza. Antiguamente, salía el grupo de chavales, encabezados por el mayor de ellos, que iba vestido de monaguillo, con la mitra en la mano y al que llamaban obispo (quizá recordando a la también arraigada fiesta del obispillo, que celebran el día de San Nicolás en la localidad de Agurain). Asistían a misa y pasaban de casa en casa, cantando y recogiendo los alimentos y dinero para la merienda posterior. Una de las canciones más oídas es la compuesta por estos versos:
«Jueves de Lardero, viernes de la Cruz,
sábado de Pascua, resucitó Jesús.
Ángeles somos, del Cielo venimos,
a pedir choricillos, cuartos y huevos.
Si nos dan, o no nos dan,
las gallinas pagarán»
Carnavales
El Carnaval es la expresión de un sentimiento anímico. Y sus formas cambian en el tiempo porque expresan la forma de ser del pueblo, su estado de ánimo, sus sentimientos políticos, sociales o económicos. Los
carnavales ya existían en Euskalherria, al igual que en otras regiones del planeta, desde antes de llegar la cultura cristiana. Era una fiesta pagana y como la nueva cultura no pudo terminar con esas tradiciones, no le quedó más remedio que adaptarlas y cristianizarlas. Un ejemplo de estas adaptaciones lo tenemos en San Vicente Arana. En
tiempos remotos, levantaban un tronco por el culto al árbol y a la naturaleza. Cuando llegó la cultura cristiana, no pudo cambiar esas tradiciones y lo que hizo es poner en la punta un madero atravesado y convertir el tronco en una Cruz y adaptar la fiesta a las fechas eclesiásticas de la Invención y la Exaltación de la Cruz. Todos esos ritos, en cualquiera de las dos culturas, tenían la finalidad de ahuyentar el mal y purificarse antes de comenzar una nueva vida, la vida primaveral.
Hay documentación que nos habla que en el siglo XIV ya se celebraba el Carnaval en Vitoria. Si uno coge el Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita, escrito en ese siglo, nos habla de las luchas entre Don Carnal y Doña Cuaresma. Al principio parece ganar Don Carnal pero Doña Cuaresma termina ganándole, acabando con él y quemándole.
Hay una gran diferencia entre el Carnaval Urbano y el Carnaval Rural. En el primero, todos los años se hacen cosas diferentes dentro del casi único acto que se realiza en esa fecha. Un desfile de carrozas en el que tanto esas carrozas, como las indumentarias, las músicas y coreografías cambian todos los años. En el Carnaval Rural, en cambio, todos los años se repiten los mismos ritos y con los mismos personajes. De tal manera, que se podría decir que en los pueblos la gente no se disfraza sino que se viste de otra manera.
Para saber cuándo es Carnaval hay que mirar al calendario lunar. La primera Luna Llena de primavera (después del 21 de marzo) nos da la clave. El domingo que sigue a ese día es el Domingo de Resurrección. Siete días antes, es el Domingo de Ramos. Cuarenta días antes a este domingo es el inicio de la Cuaresma, con el Miércoles de Ceniza. Los dos días anteriores son el Lunes y Martes de Carnaval.
El más conocido de todos ellos es el que tiene lugar en la localidad de Zalduendo. En este caso, el personaje es Markitos. Pero en la comparsa, aparecen otros personajes, inmortalizados en el museo del carnaval del Palacio de los Lazarraga, en el mismo pueblo de Zalduendo.
Como bien pone Blas Arratíbel en su librito sobre el carnaval de Zalduendo, recuerda todos los personajes que participaban en la fiesta: Los Porreros, embutidos en los sacos de paja, las Ovejas, el Oso, el Domador, el Cenicero, el Barrendero y, por supuesto, Markitos, el Predicador, el Burro con su jinete, para Markitos, el Carro tirado de bueyes y un etcétera donde caben otros personajes improvisados por el numeroso público que colaboraba en unos carnavales que ya se celebraban en 1739. Unos personajes muy diferenciados y que tienen sus funciones y labores específicas.
Antiguamente, la fiesta comenzaba el domingo y se prolongaba hasta más allá de la noche del martes. Durante esos tres días, no faltaba el pregón, las cenas a base de carne de oveja o de ternero, regado con buen vino, una hoguera, denominada zumarzo y los bailes a cargo del txistulari, tambolintero y el atabalero. El desarrollo de la función principal del martes, que es la que ha quedado hoy en día, es muy sencillo. Empieza con una presentación, a cargo del predicador, continúa con el paseo por el pueblo y empalamiento de Markitos frente al Palacio de Lazarraga y, una vez empalado, prosigue su paseo por el pueblo, hasta que llegan al lugar elegido para realizar el juicio al personaje. Aunque el veredicto es conocido por todos, allí se hace un pequeño discurso, diferente cada año, donde se explican las razones por las que Markitos acabará en la hoguera. En ese momento, el papel que desarrolla el pueblo, cambia. Todo el público, que había sido un simple testigo del proceso, pasa a la acción y empieza a intervenir con sus canciones y saltos sobre la hoguera, para participar en el castigo que se le ha impuesto a Markitos.
Me gustaría recordar algunos de los repetitivos versos que canta (o cantaba) la gente mientras la comitiva acompaña a Markitos hacia la hoguera:
«Que venimos de la función, que venimos de la función, que venimos de la función, de la función del Carnaval. Somos de Zalduendo la cuadrilla del buen humor, andamos de casa en casa celebrando la función. Tararí, tararí, tarará (3 veces), que siga y valga el Carnaval».
En este momento, me gustaría recordar a mi aita y a Blas, Martín o Vidal, porque gracias a ellos se recuperó esta función en Zalduendo. Y os voy a contar cómo se empezó, por su curiosidad. Joaquín Jiménez tenía que impartir una charla en Hernani, el día 28 de mayo de 1975, hablando del carnaval alavés. Como había investigado junto a Blas, Martín, Vidal y otros del pueblo lo suficiente como para describir el proceso que se hacía con Markitos en Zalduendo desde hacía muchos años, se fue al pueblo y les comentó que iba a dar esa charla y que necesitaba unas fotos, para ilustrarla. Convenció a los jóvenes para realizar los trajes que se empleaban y, en un alarde de rapidez y eficacia, en pocos días tenían todo el atuendo preparado. Sacó las fotos y se fue a Hernani. Unos días después, volvió a Zalduendo y les comentó que , ya que tenían los trajes y que sabían lo que había que hacer, lo más fácil era repetirlo por Carnaval. Así fue cómo lo hicieron el primer año y así continuaron en lo sucesivo, hasta llegar a la fecha actual, en la que esa celebración se ha quedado como representante del carnaval rural alavés.
Pero hay otros pueblos que también quieren reivindicar su protagonismo cuando llegan estas fechas y presumen, con razón, de realizar también unos actos dignos de reseñar. Por ejemplo, en Salcedo, en Lantarón. Aquí también pasean a su personaje, el Porretero. También hacen todo el proceso del paseo, juicio, discurso y canciones, pero tiene una curiosa particularidad. También tienen otros personajes que desempeñan funciones diferentes. Es posible que sea la única localidad en la que el acusado no termina en una hoguera. En ese pueblo, lo arrojan al tejado del lavadero para que se lo coman los buitres y demás alimañas.
También la Llanada tiene sus celebraciones cuando llega el Carnaval.
Pueblos como Egino, Ilárduya o Andoin se unieron en una Asociación que lleva mucho tiempo estudiando e investigando y han recogido testimonios escritos y orales entre las personas más mayores de la comarca. En alguno de esos pueblos llevaban más de 70 años sin celebrar los carnavales.
Comenzaron con la preparación de trajes, disfraces, carros, yugos y ensayos de bailes y músicas, sin olvidarse de la preparación y organización del recorrido de la comitiva. Llevan ya varios años celebrándolos de nuevo y comienzan en Ilarduia, pasan por Egino y van a terminar a Andoin, donde el fuego acabará llevándose todos los males y purificando los tres pueblos.
Este carnaval se movía alrededor de “El Hombre de Paja”. Antiguamente, construían el muñeco y lo llevaban en un burro en Ilarduia y Egino. Hoy en día, han sustituido el burro por un carro que lo tiran dos personas que van disfrazadas con pieles y cuernos de bueyes.
Antes de pasearlo, los jóvenes ya habían concertado la comida para lo que llamaban las carnestolendas (del latín, carnes-tolere, cuyo significado es quitar la carne). Comenzaban vestidos de porreros, pasando por las casas del pueblo pidiendo chavos (dinero) o viandas, acompañados de acordeones, tambores, guitarras, cencerros, cascabeles y otros instrumentos. Algunos de esos porreros llevaban puchicas (vejigas de cerdo) y carracas con los que golpear a la gente a modo de purificación. Los de Andoin llevaban también pequeños palos con crines de yegua en la punta, para azuzar a las chicas en una clara referencia a la fertilización, en consonancia con el despertar de la tierra, para lo que utilizaban las carracas y matracas, animando a la tierra a salir de ese letargo invernal una vez superado el solsticio de invierno. Imitaban así los ritos de purificación que realizaban los romanos en sus fiestas paganas, cuando se introducían en las termas y eran salpicados por cenizas cuando salían.
Había un personaje en este carnaval que asustaba mucho a los niños. Iba vestido todo de negro y llevaba una máscara roja con cuernos, recubierta de sangre y vísceras de animales. Para la cena se sacrificaba una oveja y se traía algún pellejo de vino. Las chicas iban con vestidos blancos con muchas puntillas y en Ilarduia vestían con «zancarros» de los bueyes y pieles de ovejas. En Andoin y Egino se colocaban las pieles de oveja en la cabeza. Otros iban disfrazados consacos llenos de trapos y ropas viejas rellenas con hojas de maíz, haciendo la formas de melenas, o para hacer más tripa y no ser reconocidos, otros con sayas viejas, pero hay gran número de personas disfrazadas representando cantidad de personajes, oficios o echando ceniza.
Hay que destacar el color de las pinturas de las caras y de las máscaras que portan los jóvenes, donde predominan el rojo y el negro. En el carro llevan también una pareja de novios, vestidos él de novia con grandes pechos y ella de novio con un pimiento colgado de la cintura. En estas fechas era costumbre también hacer la «pimentonada», que consistía en quemar pimientos secos y picantes e introducir el humo por algún hueco de la casa, provocando un gran picor entre los habitantes de ella.
Al anochecer, la comitiva sube hasta Andoin, donde el «hombre de paja», tras el sermón de un personaje disfrazado de cura, es acusado de todos los males de los pueblos y condenado a muerte mediante un cartucho de pólvora en la bragueta. Encendida la mecha, el reo es ejecutado y reducido a cenizas, mientras los jóvenes saltan y bailan alrededor de la hoguera.»
Localidades como Agurain, con su Porretero y su Sorgiñe (bruja) se suman también a una fiesta que llevan más de treinta años escenificando. En Santa Cruz de Campezo, el personaje que paga todas las culpas y es arrojado finalmente al río se llama Toribio. También son unas celebraciones que cada año va teniendo más acogida entre los vecinos de la zona de la Montaña Alavesa. En esta localidad, la indumentaria es un poco diferente al resto de pueblos alaveses. Predominan los cachirulos con cintas de colores. También se dejó de celebrar cuando empezó la Guerra Civil pero, desde el año 1988, se recuperó y cada año tiene más adeptos. Una amplia comitiva acompaña a Toribio en su paseo antes de acabar en las aguas del río Ega. Personajes tan dispares como el Juez, el Cura de Bargota, Txorimalo de Soñano, el Furtivillo, Lentejuelas o La Dama del Tabaco, entre otros se han ido incorporando a lo largo de los años.