El autor

Aitor Ventureira San Miguel, tolosarra (1973), escritor, divulgador, guía de la naturaleza, educador ambiental y gran apasionado de la mitología y el bosque. Preside la Asociación Cultural Hojarasca guiando rutas e impartiendo conferencias. Colaborador habitual de medios de comunicación como Radio Euskadi y Eitb. Ha publicado varios libros sobre mitos, creencias y tradiciones del País Vasco.

El solsticio de verano, es una de las dos principales fechas del calendario tradicional vasco, junto con el solsticio de invierno. Un momento en el que suceden cosas de extrema importancia, por un lado es el tiempo de apogeo del sol, cuando el día es más largo que la noche. Pero por otro, acontece un hecho realmente preocupante para la visión tradicional de nuestros ancestros, el sol comienza a perder fuerza, es decir, los días empiezan a acortar. Si esto lo traducimos a la visión de alguien hace 1500 años, significaba que la oscuridad comienza a ganar la batalla a la luz. Por ello, debemos realizar una serie de rituales, para, por una parte aprovechar esa circunstancia de energía especial del astro rey, pero por otra, para ayudar a ese sol, a mantener su energía, evitar que quedemos sumidos en la oscuridad total. Muchos de estos rituales, los seguimos celebrando hoy día, en pleno siglo XXI, a modo de fiestas, un claro ejemplo es el encendido de hogueras sanjuaneras.

Esa circunstancia de esplendor solar, y de la naturaleza en general, llevó a nuestros antepasados, a considerar que determinados elementos de esa natura, tenían en esta fecha solsticial virtudes superiores al resto del año. Plantas, árboles y aguas, adquirían propiedades protectoras, sanadoras, o curativas. Uno de estos árboles, digamos, especiales en el solsticio, era el roble. El gran árbol sagrado de las tradiciones indoeuropeas, visto como una de las especies que ejercen de testigo, en la tradición vasca, testigo de algo tan importante como eran los ancestros. Ciertos árboles, son tenidos como representantes de aquello que permanece en el interior de nuestro gran elemento sacro, como era la Ama Lurra, ya que hunden sus raíces en esa Madre Tierra. Por ello, todo aquello que precisara de un testigo, -casamientos, tratos, negocios, juras de cargos políticos-, se realizaba bajo estos árboles primordiales. Pero también, el roble fue visto como un árbol sanador. Por ello en la noche de solsticio, se acudía a ciertos robledales, cristianizados con ermitas de San Juan, y se elegía un ejemplar. Se le realizaba una hendidura en mitad del tronco, por la cual debíamos pasar a un niño con hernia, por el interior de la misma, durante tres veces, antes de las 12 de la medianoche. Tras ello, se cerraba la hendidura, se ataba el árbol con cuerdas, se le aplica arcilla, y se dejaba la camisa del niño en una rama, si el árbol sobrevivía, el niño sanaba.

Hoguera de San Juan

En Ribera Alta, existió un roble llamado Roblejaun, cuyo nombre, pudiere derivar de San Juan. Está unido a ciertos númenes del bosque llamados Xuanes, o Juanes, en Asturias, por ejemplo. Curiosamente, en Gipuzkoa, al saltar la hoguera se recitaba una oración donde se decía “Viva Juan Verde”. Posiblemente esté unido a las deidades del bosque llamadas Hombre Verde, entes de cuya boca, orejas y nariz, brotan ramas y flores.

El roble, junto a espinos o fresnos, ha sido utilizado como protección de casa. Por ello en esta fecha, se recogían ramas de estos árboles, y se colocaban en las puertas y ventanas del caserío, para evitar la entrada de malos espíritus a su interior. Igualmente se colocaban eguzkilores, la flor del sol por antonomasia.

Y por supuesto, el elemento más representativo del solsticio es el fuego. Es muy lógico, ya que el fuego ha sido el elemento sagrado desde tiempos inmemoriales, de hecho su descubrimiento, fue la gran revolución de la humanidad. Para el vasco antiguo, el fuego era el numen protector del hogar, Sua. Este fuego representaba a los ancestros, y a él se le solicitaban ciertos favores, como la segunda dentición de los niños. Se hacía dar varias vueltas alrededor del fuego del hogar a quien entraba nuevo en la casa, fuera animal o humano, Se introducía un tizón en las aguas traídas de las fuentes, para combatir las malas energías. El fuego se empleaba en otras fechas, en argizaiolas, en la renovación del fuego nuevo, en Todos los Santos, o en el Tronco de Navidad. En el solsticio de invierno, se colocaba un tronco especial, en el fuego del hogar, que ardería durante las fechas navideñas. Lo sobrante lo guardábamos para colocarlo nuevamente en el fuego, cuando amenazaba tormenta, este tronco sagrado, es el origen de Olentzero. Encendemos hogueras de San Juan, para de alguna forma intentar aportar energía a ese sol que decae, siendo el fuego un representante del sol en la tierra. Visto igualmente como elemento protector y depurativo. Por ello se recitaban oraciones, como “Sarna fuera”, al saltar la hoguera. Quemaba las energías gastadas de la naturaleza, para dar paso a las nuevas del ciclo que comienza.

El momento energético del sol, quedaba reflejado en la tradición de subir a ciertos montes como Gorbeia, o Ixiripunta, a ver salir al sol bailando en la mañana del día de San Juan.

Y no olvidamos la importancia especial de las aguas, sobre todo de ciertas fuentes solsticiales como la de San Juan Xarr. En este manantial navarro, aun se realiza un rito de culto acuático en esta fecha. Los paisanos acuden al manantial beben agua de sus tres caños, mojan las dolencias cutáneas con un trapo humedecido en la misma, que luego quemara el sacerdote, y caminan descalzos por el agua. Era tradición en muchos lugares, bañarse o caminar sobre el rocío del amanecer de este día. Las representantes físicas de estos cultos acuáticos, son las lamias. Hadas de las aguas, que el cristianismo, intentó alejar de la visión positiva que de ellas tuvieron nuestros ancestros. Una leyenda que nos lleva a la localidad zuberotarra de Ligi, así lo atestigua. En este bello pueblo, las lamias, construyeron un puente de piedra para el señor de Ligi, a cambio de su alma. El noble consiguió evitar que colocaran la última piedra de la construcción, salvando, de esta forma su alma. Esa piedra, según nos contaban, ha sido colocada en el puente varias veces, pero siempre se la lleva el río…

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