Las lavanderas eran las profesionales especializadas en el lavado de la ropa, siendo uno de los oficios más duros hasta hace unos años. Hasta finales del siglo XIX o principios del XX, la limpieza de la ropa se realizaba en las orillas de ríos y riachuelos. Un avance importante supuso la construcción de cobertizos sobre las corrientes de agua. A los cobertizos siguieron los lavaderos públicos que constituían edificios construidos específicamente para esta finalidad.

Ignoramos si este oficio fue desarrollado por alguna mujer en Zigoitia como tal, es decir, con una remuneración por el trabajo realizado (como cualquier otro). Suponemos que sí, pero si es obvio que se trataba de una labor que ejercía siempre la mujer, y por supuesto con escaso o nulo reconocimiento.

Es posible que las familias más adineradas del municipio dispusieran de lavanderas (o criadas que realizarían estas labores) para realizar este trabajo ingrato y poco reconocido. En las ciudades, obviamente, había “profesionales” que ejercían esta actividad para las clases más adineradas.

Y queremos incluir en este apartado esta labor desarrollada históricamente por mujeres como un homenaje a todas ellas y por el reconocimiento de este trabajo como uno más de los desarrollados por el género femenino dentro de las calificadas como “tareas del hogar”.

Mujeres en e lavadero de Orbiso (Foto: Gerardo López de Gereñu, ATHA): Tres mujeres en el lavadero, entre ellas Pilar Yoldi, esposa del autor, y su hija Pilar López de Guereñu

El río, el primer lavadero

El proceso de lavado de la ropa en la antigüedad se realizaba en el río. La aplicación de ceniza para el blanqueado de la ropa, el enjabonado y el aclarado de las prendas necesitaba de un curso de agua corriente que permitiese eliminar los restos de jabón. Las lavanderas acudían a los ríos o riachuelos cercanos a sus localidades para poder realizar esta ingrata labor. Varios eran sus inconvenientes: malas posturas, acarreo de grandes pesos y bajas temperaturas en invierno. La traída de las aguas al centro de las localidades y el surgimiento de las primeras fuentes cambió esta costumbre. Nacieron los lavaderos.

Las fuentes ofrecían un curso de agua corriente cerca de los hogares, evitando el traslado hasta el río. Pero no sólo servía para lavar la ropa, sino que también debía surtir de agua para el consumo humano, animal, el regadío de las huertas y otros usos domésticos. Debido a ello, también surgieron algunos conflictos en torno al acceso al agua y su utilización.

Los lavaderos se desarrollaron como un espacio segregado, autónomo. Supusieron una mejora en las condiciones de trabajo de las mujeres, que quedaron a salvo de la intemperie, mejoraron la postura de lavado y contaron, a partir de entonces, con un espacio exclusivo donde desarrollar la sociabilidad femenina.

Mujer en un lavadero (hacia 1910). Foto de Baraibar-Elorza, ATHA
Lavanderas en Víllodas, en el Zadorra (hacia 1945). Foto: Gerardo López de Guereñu, ATHA

Espacio para socializar

El lavado de la ropa fue una actividad tradicionalmente ejercida por mujeres. El lavado de la ropa era casi exclusivamente femenino. Por ello, hay que pensar en los lavaderos como lugar definido por los roles y demandas de género de siglos precedentes.

En su interior se desarrollaban conversaciones exclusivas de mujeres, que reproducían, además, las jerarquías sociales existentes. Aquí se entendía de forma natural una forma de estar en el mundo, y el lugar que se ocupaba dentro de la sociedad. Además, era el lugar preferente para comentar determinados asuntos que tenían que ver con las experiencias y la vida de las mujeres, como las relaciones de pareja, la familia, la sexualidad, los partos, la maternidad, la viudedad…

Las propias mujeres consideraban el lavadero como un lugar de trabajo y se hacían eco la dureza de esta tarea, recordando los dolores físicos y la carga psicológica que acarreaba. Sin embargo, resaltaban el compañerismo y la ayuda mutua entre ellas en caso de necesidad, evidenciando el entorno del lavadero como espacio de socialización femenino por excelencia, a veces como único lugar en el que compartían intereses y vivencias fuera del hogar.

El edificio

Los lavaderos son un producto de la ingeniería hidráulica y de la mentalidad del siglo XIX. Su florecimiento respondía a una necesidad tanto de orden como de higiene social. El lavadero, normalmente, iba asociado al curso de agua único que dotaba a toda la población. Lo más habitual es encontrar el lavadero junto a la fuente (que servía para el ámbito doméstico) y el abrevadero (empleado para el ganado). De este modo, el agua limpia de la fuente primero se destinaba al uso humano, luego al animal y, en tercer lugar, transcurría hasta el lavadero. En Zigoitia contamos con varios ejemplos al respecto en Murua, Ondategi, Gopegi, Letona…

No obstante, hay varias soluciones constructivas que obedecen en cada caso a la orografía de la localidad, a sus necesidades y número de población, el origen del agua que surte al lavadero o los elementos con los que está asociado. El lavadero fue una invención del siglo XIX, que dotó a las mujeres de su tiempo de una infraestructura específica para el trabajo doméstico, visibilizando las labores de cuidado a través de un edifico público.

Lavadero de Berrikano
Abadelaueta elkarte etnografikoa
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.