Se sitúa en un pequeño llano, lugar de paso entre la Llanada y el valle de Zigoitia, paso que se ha visto incrementado con la mejora de las comunicaciones y el asfaltado de los antiguos caminos parcelarios, hacia el año 2000.
Historia
Verricano en 1257 y Berricano desde 1294 es un nombre con grandes reminiscencias latinas, habituales en toda Araba. Aun así las primeras citas históricas son del siglo XIII, como otros muchos pueblos del valle, en la carta del obispo de Calahorra Jerónimo Aznar, y por la cantidad que había aportado para la campaña de Tarifa en la segunda fecha, la mayor de Zigoitia tras Etxebarri y Mendarozketa, lo que explica un buen momento económico, que también se muestra en la riqueza de su templo románico, del mismo siglo.
Esta bonanza económica vuelve a manifestarse documentalmente en el siglo XVI con la ampliación del actual templo, y la construcción del retablo plateresco hacia 1560. Por esos mismos años Berrikano contaba con veinte vecinos, unos cien habitantes, fecha a partir de la que irá bajando la población: durante la crisis del XVII había siete vecinos, diez en el XVIII y once el siguiente siglo, unos setenta habitantes.
En la más abundante documentación del siglo XX se habla de entre 30-40 habitantes y el número de casas desciende de 12 a primeros de siglo hasta siete y 20 habitantes en la década de los 80. Estas siete casas formaban la línea del antiguo camino a Buruaga, y a medio camino se encuentra la iglesia. Hoy en día se mantiene en gran medida este antiguo núcleo de casas si bien tres de ellas se han reconstruido. Algunas conservan la estructura tradicional y dinteles con escudetes y cruces. La gran expansión que ha tenido a partir de los años noventa se ha orientado hacia el sur en forma de pequeñas urbanizaciones, hasta alcanzar un número de casas mayor que en toda su historia, unas 70 y 101 personas empadronadas en 2013, más residentes y 14 menores. Es uno de los pueblos que proporcionalmente más ha crecido del valle.
La vida económica del pueblo, que dependía de la agricultura y pastoreo, y habían quedado abandonados, se ha recuperado en parte para dar trabajo de forma parcial o total a dos familias.
Aunque el agua corriente y la luz llegaron a Berrikano hacia 1977, otros servicios como las obras de alcantarillado y asfaltado del pueblo se realizaron con la expansión de comienzos de los años noventa. En estos mismos años se repararon la iglesia y la bolera del pueblo. Posteriormente el cementerio, la instalación de tres zonas de juego y la construcción de la sala de Concejo en 2002 han completado los servicios que el pueblo necesitaba.
La dinámica que se manifiesta desde las instituciones para la regeneración del pueblo se mantiene desde la asociación Harlandu que da fuerza a la vida cultural, gastronómica y deportiva, con tres equipos de bolos animados desde su blog.
Según Louis Lucien Bonaparte hacia 1860 la población vascoparlante en Buruaga era minoría por lo que bien se podría situar en esos años la pérdida del euskara.
Las fiestas del pueblo se celebran el 8 de septiembre, día de la Natividad de la Virgen
Iglesia de la Natividad
La parroquia actual está íntimamente unida a la figura de D Juan Sáenz de Buruaga (1707-1777) nacido en Berrikano. A su carrera de canónigo en Segovia, obispo en Lugo, arzobispo de Zaragoza y consejero real van aparejadas donaciones para el enriquecimiento de la iglesia: la pavimentación, los retablos laterales y el dorado en un comienzo; el retablo central y otras importantes donaciones como relicarios y ornamentos más tarde. Incluso después de muerto sus donaciones, todas ellas documentadas, levantaron la torre de la iglesia, de dos cuerpos, neoclásica de finales del XVIII.
La iglesia rectangular de mampostería, con dos capillas laterales en la cabecera, tiene adosadas las casa cural y sus dependencias (1802), hoy día habitadas, así como la sacristía. En el exterior tiene dos ventanales muy interesantes, uno románico al este, y otro ciego en el ábside con el escudo de armas del arzobispo, colocado el año 1859, y que proviene del palacio que mandó construir en el pueblo y desapareció a mediados del XIX.
El interior, no muy grande, ofrece un conjunto de gran valor. La construcción del retablo central dorado de la segunda mitad del XVIII contrajo la decisión del donante de que las muy bellas “doce historias” del retablo renacentista que sustituía fuesen enmarcadas y colocadas en la nave de la iglesia. Hay también otros signos de la presencia del arzobispo, una barandilla con símbolos episcopales y una losa sepulcral en el presbiterio.
Los retablos dorados laterales de San Prudencio y de la Virgen del Rosario y la sacristía con abundante decoración y ornamentos completan el interior de gran belleza y riqueza.
La figura de San Roque, cerca del altar, es uno de los pocos vestigios de la antigua ermita del mismo nombre que compartían con Eribe y que se derribó en los años cincuenta del siglo XX.
En 1838, al final de la primera guerra carlista el general liberal Zurbano ordenó dar fuego a la iglesia, pero su pronta marcha permitió que el fuego, rápidamente sofocado, no provocara daños irreparables.
Alrededores
Junto a la iglesia hay un crucero de piedra, con relieves del Crucificado a un lado y la Virgen con el Niño en el otro, sobre una columna jónica acanalada. A la salida del pueblo, muy cerca del centro en dirección Gopegi-Ondategi está la fuente y el lavadero, muy bien restaurados.






